La Música y la Escuela AMATI

Esto lo entendería hasta un niño de tres años…  ¡Que me traigan a un niño de tres años!

                                                                                      - Groucho Marx

Un concierto de Bach, un raga hindú, un danzón cubano, un tema de Monk o del Duke, una tarde tranquila en la playa entre dos conciertos, los ensayos de los sábados por la mañana, la frescura quinceañera de un cuarteto de Mozart, la Big Band interpretando un tema de Miles, el rostro sobrecogido de un niño justo antes de alzarse el telón y saltar al escenario para decir su papel en una Opereta; la respuesta de una niña de doce años a su compañera de atril, una veterana violinista de la O.C.G, cuando ésta le preguntó cómo podía seguir a la perfección el ritmo endiablado en la partitura de un compositor sudafricano; su contestación fue inmediata: “años de experiencia”. Eso es para mis compañeros y para mí la Escuela de Música Amati.
En Diciembre de de 1989 los alumnos de Amati dieron su primer concierto. La sección de cuerdas libres (la única sección que había) deleitó al público con un desafinadísimo ejemplo de carpintería musical. El concierto constituyó un enorme éxito que la Escuela esperaba no volver a repetir y que sin embargo, como si de la maldición de Sísifo se tratara, se ve obligada a reinterpretar todos los años con cada nueva hornada. Cualquiera de los alumnos que haya estado con nosotros a lo largo de estos 25 años sabe que su aprendizaje ha sido un continuo ensayo. No creo que haya alguien que pueda recordar todos los conciertos en los que ha participado a no ser que conserve los programas. Desde aquella memorable fecha nuestros alumnos han tocado en Iglesias, Colegios Institutos, Facultades, Auditorios, pequeñas Casas de Cultura y Teatros, en sótanos, plazas y hospitales; han tocado en festivales internacionales, estudios de grabación y en todo tipo de formaciones. Desde el foso han puesto en pie comedias musicales y han dado alas al baile de una compañía de danza. Saben de condiciones adversas, acústicas imposibles, del nerviosísimo, pánico de escena, bloqueos, atranques, de la condescendencia ignorante de algunos “responsables” de la cosa cultural, saben mucho, saben tela y también saben, aunque no sean conscientes de ello, que después de cada concierto, de cada puesta en escena, han crecido un palmo, porque encima del escenario han aprendido a conocer sus limitaciones y a conocerse un poco mejor a sí mismos.

Conocen el significado de la palabra colaboración. Saben la diferencia que hay entre un buen espectáculo y la bienintencionada función de fin de curso, entre un bolo improvisado y un concierto bien trabado, conocen las incomodidades, los ensayos interminables, pero también han aprendido a degustar el placer que se experimenta ante la ovación a un trabajo bien hecho.

Han interpretado a barrocos, clásicos y modernos. Han viajado por el mundo del jazz sudafricano y caribeño, han conocido a los clásicos del jazz americano y están familiarizados con el vértigo de la improvisación.

  La música se contagia como la gripe. Mozart lo sabía muy bien. Crear un ambiente en el que este milagro se produzca no es una decisión deliberada, ni quiera consciente, pero sólo tiene lugar cuando hay un reto y cierta pulsión creativa. Sólo entonces algo empieza a moverse. No estoy hablando de los exámenes ni de las audiciones trimestrales sino de la creación colectiva, de la participación, de la Escuela como un todo.

 Un número considerable de alumnos de los primeros tiempos y años posteriores se hallan ahora inmersos en el mundo de la música profesional  como profesores e intérpretes. No sé cuántos de los alumnos en la actualidad adoptarán la música como forma de vida. Poco importa. Nunca nos ha importado. Será su elección, no la nuestra; sin embargo, el bagaje que llevan consigo es enorme y, a buen seguro, está ya grabado en su futuro. En el camino se han divertido. Se han divertido y emocionado y nosotros con ellos. Aquellos niños desafinados de hace 25 años… los niños de hoy…

 Un concierto de Bach, un raga hindú, un danzón cubano, un tema de Monk o del Duke, una tarde tranquila en la playa entre dos conciertos…

 

 Años de experiencia.

 

 A eso me refiero.

 

 

—  Pedro Escárzaga


﷯" Estoy encantado de ver esta escuela ...la Escuela que siempre he querido encontrar, donde los niños aprenden la música junto con el ritmo, la danza y la interpretación de muchas clases de música...se trata de una forma ideal de educación para cualquier persona en este mundo por eso debo agradecer a todos aquellos que han hecho posible lo que yo casi llamaría un milagro...debería ser lo normal, claro está, pero encontrar una escuela así hoy día es un milagro..." (Palabras que Lord Yehudi Menuhin, el día tres de marz de 1994, dirige al público desde el escenario del Auditorio de la Caja Rural de Granada donde momentos antes los alumnos de La Escuela Amati habían ofrecido un concierto en su honor)